¿Por qué sentimos dolor? Analizamos el concepto dolor, las razones por las que hay distintas maneras de experimentarlo y que puedes hacer para gestionarlo.

 

Hemos estado buscando las distintas definiciones de dolor, la más aceptada en la actualidad es la de la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor: “es una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a un daño tisular, real o potencial, o descrita en términos de dicho daño”. La intensidad del dolor es variable: puede ser leve, una molestia localizada o un dolor muy intenso. Puede resultar agudo y breve o manifestarse como un trastorno crónico a largo plazo. El dolor nos avisa para que nos protejamos de un daño mayor. Sin embargo, también puede dificultar la ejecución de tareas cotidianas y ralentizar la recuperación del movimiento. Tal vez lo más significativo sea que el dolor es capaz de alterar el estilo de vida e interferir en la actividad laboral, las relaciones y la independencia. El dolor es siempre subjetivo y cada persona lo experimenta de una manera distinta. Entonces, ¿el dolor se vive de distintas maneras? ¿hay personas que toleran mejor que otras un mismo dolor?, o ¿sentimos todas lo mismo pero simplemente unas personas se quejan menos que otras?

Lo cierto es que hoy en día, tenemos infinitas herramientas para gestionar el dolor; terapeutas, ejercicios de rehabilitación, medicinas… que nos ayudan a sobrellevar la aflicción de manera más llevadera. Antes de recurrir a un medicamento sin receta para aliviar el dolor, como geles por vía tópica o comprimidos, es recomendable entender por qué se produce el dolor y cuál es la mejor manera de manejarlo. En Arvila, tenemos un gran conocimiento sobre sus mecanismos, y una amplia experiencia en la forma de manejarlo, tratarlo e inclusive daros herramientas para aliviarlo o gestionar el tener que convivir con él. Hoy queremos hablaros de dos propuestas muy concretas y efectivas: nuestras clases de YogaTerapéutico y un programa especial que tenemos preparado que ayudará a aliviar el dolor y recuperar el bienestar, el curso de Mindfulness para la salud.

 

Decía el escritor austríaco Stefan Zweig: “El dolor busca siempre la causa de las cosas, mientras que el bienestar se inclina a estar quieto y a no volver la mirada atrás.”. Es cierto, en el dolor las emociones negativas cumplen una función adaptativa. Si al tener dolor sintiésemos placer o alegría, no nos apresuraríamos a buscar una solución para evitar consecuencias más graves. Es decir, mientras haya dolor poseemos una información valiosa que hay que descifrar para aprender que nos está diciendo el cuerpo sobre nosotros mismos.

Pero, ¿cómo funciona el dolor?

Toda nuestra realidad, exterior e interior, pasa y depende de un órgano vital. Un órgano que filtra, escoge, decide, aprende, prevé, intuye, construye e incluso inventa nuestras sensaciones, nuestras percepciones y nuestras experiencias. Ese órgano es el cerebro, el más perfeccionado y evolucionado instrumento con el que contamos. Es un órgano que recibe datos, procesa información y toma decisiones; el alto mando de esa batalla diaria a la que llamamos vida. Una de sus funciones más importantes es la de interpretar las señales y estímulos que recibe y actuar en consecuencia.

El neurofisiólogo y premio Nobel en Medicina Sir Charles Scott Sherrington acuñó por primera vez el término de “nociceptores”, encargados de la detección de los estímulos nocivos. Los nociceptores tienen cierto umbral; es decir, que requieren un mínimo de intensidad de la estimulación antes de que desencadenan una señal. Cuando detectan cualquier variación física, térmica, o química capaz de producir destrucción violenta de tejido, la alarma comienza a sonar, y el nociceptor envía una señal mediante la médula espinal hasta el cerebro, el órgano que decide que produce el dolor.

El dolor funciona de manera similar. Al cerebro llegan datos de nocividad, de agresión violenta y analiza, prevé y decide. El cerebro construye el dolor en base al análisis de los datos que recibe, pero también de la experiencia, del aprendizaje, de la cultura adquirida. Gestiona esas variables y ordena… o ignora. Golpes, desgarros, incisiones, quemaduras, falta de oxígeno, variaciones extremas de temperatura. Ataques a nuestra integridad que causan necrosis. La necrosis, esa muerte violenta de células, es un peligro para el organismo. No generan el dolor, pero alertan de nocividad. Los datos llegan al cerebro que será quien ponga en marcha (o no) los mecanismos defensivos necesarios para hacer frente a esa agresión… inflamación, fiebre, dolor. Así que, en realidad el dolor surge del cerebro. Recibe las señales que le llegan en décimas de segundo, las interpreta y lo genera.

El dolor ha sido centro de investigación de infinitos estudios científicos, tantos que nos parece demasiado profundizar hoy aquí en ellos. Pero en resumidas cuentas, la conclusión en todos ellos parece ser la misma: la reacción biológica al dolor no es única y universal para cada persona, sino que tiene una relación con la sensibilidad o receptividad del individuo hacia el dolor. Estableciéndose por un lado, que en parte la sensibilidad al dolor depende de la arquitectura genética del individuo y por otro lado que la experiencia influye en la percepción del sufrimiento. En lo referente a la parte genética cabe hacer un trabajo de aceptación, y en cuanto a nuestra percepción hacia el dolor, que podemos también trabajar hacia como gestionarlo. En ambos casos, ofrecemos herramientas.

Es cierto que la sensación de dolor (localizada en alguna o varias partes de nuestro cuerpo) siempre es una experiencia perceptiva desagradable. Más cuando se mantiene en el tiempo, llegando a considerarse como dolor crónico. En muchos casos cuando sentimos dolor terminamos aceptando que es algo “que nos ha tocado y contra lo que no podemos hacer nada”. Pero el dolor, como cualquier otra emoción, tiene distintos componentes sobre los que podemos actuar. Aprender a que el dolor tiene diferentes momentos e intensidades y que si le quitamos todo lo que le añadimos con nuestros pensamientos y preocupaciones, es mucho más llevadero.

La visita de un profesional de la salud, es obviamente lo primero que hacemos. Pero tomar parte activa hacia el dolor es un paso más hacia la recuperación. Dependiendo del tipo de dolor, es más recomendable una terapia que otra.

Hoy os queremos hablar de dos propuestas más concretas que os ayudarán a trabajar y mejorar vuestro bienestar. La primera de ellas, el Yoga Terapéutico. Este yoga está especialmente recomendado a personas con dolencias leves como lumbalgia, ciáticas, recuperación tras esguinces, roturas, lesiones musculares o ligamentarias, escoliosis, síndrome del piramidal, bruxismo, etcétera. Aunque también dolencias algo más graves como fibromialgia, fatiga crónica, esclerosis múltiple, procesos de cáncer, etc. Es también aconsejable en procesos psico-emocionales difíciles: estrés, ansiedad o depresión.

Pero ¿qué le hace distinto a cualquier otra modalidad de yoga? Las clases del Yoga Terapéutico son más suaves y menos exigentes que otros tipos de yoga; los profesores están formados en anatomía, fisiología y patología, por lo que fácilmente pueden guiar que práctica es más adecuada para ti, siempre dependiendo de la dolencia que padezcas.

Por lo tanto, estamos hablando de clases más personalizadas, se realizan en grupos reducidos para que el profesor-terapeuta pueda estar más pendiente de cada alumno, su dolencia y la evolución de la misma. Una de las premisas, es la del no dolor. Es decir, que cuando una postura, modificación, ajuste manual del profesor etc. provocan dolor, hay que cambiar la postura o encontrar una modificación que esté cómoda y adecuada para el alumno. Suele haber más énfasis en la práctica de la relajación (la relajación en sí ya es terapéutica), meditación y visualización. Se le da especial relevancia al alineamiento corporal en las posturas de yoga y hay mayor uso de apoyos (como mantas, sillas, cinturón o incluso si hace falta la pared).

Así que, para las personas que tenéis alguna dolencia en particular como las anteriormente citadas es una buena idea iniciarse en este tipo de práctica de yoga, en el que el profesor evaluará primero tus dolencias para poder trabajar con ellas y mejorarlas.

El próximo martes 30 de enero tenemos preparada una clase gratuita para que puedas tener un primer contacto con esta práctica y decidir si es una buena manera de trabajar con tu dolor.

 

 

La segunda propuesta se trata de un curso de ocho semanas que estamos preparando sobre “Mindfulness para aliviar el dolor, reducir el estrés y recuperar tu bienestar” . El curso tiene como propósito aprender a gestionar tanto la enfermedad y el dolor, como el estrés que a menudo surge a raíz de estas circunstancias difíciles.

A veces, el dolor se instala y la consecuencia es tener que convivir con el dolor crónico o con una enfermedad que nos acompañará de forma vital. No hay un momento concreto a partir del cual pueda afirmarse que un dolor de corta duración se ha transformado en crónico. Depende de la enfermedad.
En términos generales, se entiende que hay dolor crónico cuándo éste se prolonga durante más de seis meses y no se alivia con tratamientos médicos ni quirúrgicos. Aprender a convivir y manejar el estrés que supone vivir con dolor, puede resultar tremendamente agotador. Desde la década de 1970 la psicología clínica y la psiquiatría usan el mindfulness como uno de los posibles tratamientos para varias enfermedades psicológicas, en particular para la reducción del estrés, ansiedad y depresión. La base del programa es la práctica de mindfulness o Atención Consciente – o sea una conciencia sin juicios del momento presente – que  se va explorando a lo largo del curso. Esto nos permite ir desarrollando una conciencia más plena de nosotros mismos, así como de nuestras relaciones con las otras personas, incluso cuando convivimos con el estrés, dolor o la enfermedad crónicos.

El dolor y la enfermedad son sensaciones desagradables ante los que normalmente reaccionamos, causando así todo un conjunto de problemas añadidos y un estrés físico y emocional. Puede que no podamos hacer nada con respecto a la sensación desagradable subyacente, pero podemos aprender a disminuir y/o superar este ciclo reactivo. Esto significa que con el tiempo aprendemos a manejar nuestra respuesta al sufrimiento que experimentamos. Los mismos principios se pueden aplicar a la fatiga y al estrés.

Durante el curso también tendrás la oportunidad de encontrarte con otras personas que viven experiencias similares del dolor y la enfermedad. Muchas veces este aspecto ha resultado ser beneficioso e importante para los participantes.

Una vez aprendido lo que Mindfulness gestión del dolor crónico te ofrece, lo llevas a la vida diaria, al estar en el momento presente y convertir tus sufrimientos en una aceptación que te lleva a una vida más feliz o por lo menos una vida en la que no te sientes atrapado por las circunstancias, si no una vida que la que tu tienes más poder para decidir momento a momento como es.

Así que, te animamos a cualquiera de las dos propuestas si tu propósito es movilizarte y obtener mejores resultados en el proceso de regeneración o de convivencia con tu dolor. En Arvila estaremos encantados de acogerte y acompañarte en el tratamiento.